Creemos en nosotros,
aquí nadie reza.

domingo, 15 de abril de 2012

martes, 10 de abril de 2012

Madrid.
















domingo, 1 de abril de 2012

Lo pasado, pasado está.

Qué frase tan difícil de entender hasta que de verdad sabes lo que significa y lo echo polvo que quedas cuando sabes que tienes que asumir que algo ha pasado por tu vida y se ha ido.

No me atrevía a poner esto en el blog, quizás porque dos personas muy importantes para mí lo leen.
Lo digo en presente, aunque debería ser "dos personas que eran muy importantes para mí".
He llegado al punto en que asumir que se han ido ha quedado atrás, pero sigo sin querer dejarlo.
Suelo pensar que ambas son felices, que les va bien con sus novios y en el colegio, y que el año que viene llegarán a donde quieran llegar, aunque confío en que así sea y no me cabe la menor duda de que así será.

Hay una palabra que engloba todo lo que debería olvidar. Es Vitoria.
Un nombre muy bonito. Viene de Victoria, aunque jamás se le llamaría Vicky a una ciudad.
Hoy me he dado cuenta de que he cambiado, de que la gente que antes me rodeaba ha cambiado y que, ahora, por mucho Area que quieran meter por en medio, no hay más que recuerdos. Bonitos, de tardes saltando, o de tardes abrazadas en un banco llorando, dejando atrás un millón de ilusiones y tres esperanzas de un futuro mejor para quien más se lo merece. Y ese futuro ha llegado, se llama J., y también D.

Pero yo en ese mundo perfecto no pinto nada, porque, a pesar de que no sea del todo perfecto, lo pintáis muy bien. O quizás yo en mi cabeza lo pinto muy bien. Es lo que tiene el silencio, que se tiende a imaginar lo que posiblemente sea o no, pero da igual, porque yo en mi cabeza las veo sonriendo.

El año pasado, una amiga mía se fue a otra ciudad, y comentábamos que no podía esperar que las cosas estuviesen tal y como estaban en el momento en que se fue. Es decir, nuestra vida se paraliza y la suya continúa, y no sabíamos cómo podía ser eso posible, que pensase que todo seguiría como estaba.
Hasta que me pasó a mí.
Realmente, mi vida aquí no es vida, o por  lo menos no del todo. Sin hogar, sin un sitio donde tener metidas tus ideas y al entrar al cuarto exploten en ti y te digan algo, no estoy cómoda, y no puedo llamar vida a esto. A la inercia de un nuevo día.
Y allí tengo un hogar, un sitio donde todo puede salir mal. Y en él ya no está mucha gente, y es comprensible, yo ya no soy Vitoria, pero tampoco soy nada nuevo. No soy nada en ninguna parte.

Quizás por eso quiera tener un piso, donde poder tener mi cuarto como me apetezca, salir a las 6 de la mañana a dar un paseo porque en un rato amanece, o coger un libro y sentarme en la hierba hasta que el sol se vaya sin tener que dar explicaciones. Un sitio donde todo, absolutamente todo, pueda salir mal, y no importe.
Parece que tiene que ser un sitio fijo, pero mientras estemos yo, mi cabeza, un par de canciones y las monjas no existan ahí, podrá ser considerado un buen sitio para establecer un nuevo hogar.

E., C., ya lo siento, pero esto es un adiós. No un adiós cerrado, sino uno abierto. Quiero que sepáis, que estaré para lo que queráis, y que estáis a una llamada de mí.

Mucha suerte con todo.