Creemos en nosotros,
aquí nadie reza.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Rómpeme. Mátame.


Ya está otra vez aquí, en la casa, ya llega, ya puedo oír el sonido de sus pisadas subiendo por las escaleras, tambaleándose en la oscuridad, ya puedo sentir el calor del infierno que arde en su mente y quema las lágrimas que brotan de sus ojos, ya puedo notar la ira, ya puedo ver su mirada demente, sus manos engarfiadas, intentando atrapar su inocencia perdida, el olor del cuerpo de una niña en un baile del colegio, el tacto del pecho de alguien cuya cara se desdibujó hace tiempo, ya puedo ver su ira creciendo, buscando, buscándome. Y yo estoy aquí, tumbada en la cama de esta habitación, esperando, como siempre, aterrorizada, mirando fijamente la puerta, el pomo, y aunque la muerte acabó con el miedo a sus golpes, lo ha sustituido por la horrible certeza de que la muerte no nos ha separado, de que él seguirá viniendo, noche tras noche, cada día más desesperado, cada día más enloquecido. Podría salir de aquí, abandonar esta casa, pero nunca lo he hecho, y nunca lo haré. El exterior me da miedo, me da más miedo que él. No puedo internarme en esas calles solitarias, me mareo, al cabo de unos metros todo se desdibuja, los colores se difuminan y los objetos se me antojan carentes de energía, como manchas lechosas en un paisaje muerto. Y prefiero quedarme en esta habitación, mirando hora tras hora la bombilla que cuelga del techo, fijamente, fijamente, hasta que puedo oír el zumbido de la electricidad dentro del cristal. También sigo los contornos del papel pintado de las paredes, enlazando sus líneas, formando caras, cuerpos, edificios, y así he construido durante años mundos enteros, ciudades inverosímiles, generaciones de seres imaginarios que han vivido y han muerto dentro del papel. Hasta que llega la hora, hasta que oigo la puerta de la calle abrirse, y pienso que no debería oírla, y siento que la muerte se burla de mí, que se muere de risa observando mi terror y mi estupefacción mientras me susurra al oído: "toda la eternidad, toda la vida y toda la muerte". Giro la cabeza y veo la pistola encima de la mesita de noche, que también se burla de mí, con los restos de su carga de muerte hibernando en su fría ánima, provocándome como aquella noche de hace años, pidiéndome que vuelva a empuñarla y que vuelva a avanzar hacia él con ella en la mano. Un solo disparo, y la cara amada, la cara mil veces cubierta de besos, mil veces venerada y luego odiada mil veces fue arrasada por el plomo candente, y así sigue, noche tras noche, y hace ya tantos años...
Lo oigo tras la puerta. Él también tiene miedo, puedo sentirlo supurar a través de ese torbellino de frustraciones, recuerdos, furia y demencia que es su mente. Lo sentí el día del entierro, cuando, susurrando su ira sorda y apenas contenida a través de la madera del ataúd, me dijo que volvería, que aquella misma noche volvería, que le daba igual la muerte, que le esperara porque volvería, y lo hizo. Y yo estaba allí para esperarle. Como ahora, encogida y sumisa ante ese hombre enloquecido que quiere volver a ser un niño y no puede, que me golpea y me escupe a la cara su resentimiento, su desconcierto, que busca culpables, que quiere señalar a alguien como al causante de sus desgracias, que me ha convertido en el gatito al que se tortura porque te obligan a volver temprano a casa. Porque él tampoco es libre, también de él se burló la muerte. Y vuelve a casa, noche tras noche, porque ya no sabe hacer otra cosa más que buscarme para seguir odiándome y seguir gritándome su odio a la cara. Porque aunque ahora ya no me puede golpear, y ya hace tiempo que dejó de intentarlo, necesita herir de cualquier manera a ese ovillo de carne acurrucada en un rincón que tiembla, que reza a un Dios en el que no cree, que intenta cerrar los ojos pero no puede, que sólo desea verle caer sobre la cama y dormirse musitando incoherencias entre gemidos para acostarse al lado de ese desquiciado horror que hace una eternidad cogía su cara y miraba sus ojos con centelleos de amor y deseo infinito en su mirada.
Ya nadie viene a la casa. Tras la Noche de la Muerte, casi todo el mundo creyó la historia del suicidio, todos esperaban algo así, y en cierta manera suspiraron aliviados, pero progresivamente dejaron de venir, dejó de interesarles la compañía incómoda de una especie de fantasma desorientado que hacía un esfuerzo por enfocar una mirada perdida y vacía hacia ellos, sin importarle lo más mínimo lo que le decían, sonriendo estúpidamente desde el sillón. Lo prefiero. Sus rostros y sus cuerpos también se desdibujaban progresivamente, se me antojaban maniquíes en movimiento, o esos modelos de figuras de madera que utilizan los pintores y que pueden adoptar diferentes posturas. Me alegré cuando el último amigo dejó de aparecer por la casa. Ahora estamos solos los dos, y lo mismo que hace tiempo vivimos nuestro paraíso vivimos ahora nuestro infierno, juntos, juntos para toda la eternidad. Y yo sólo sé que su odio es tan grande que ha vencido a su locura y a su horror, y vuelve a subir las escaleras cada noche, camina por el pasillo en tinieblas y abre la puerta de la habitación donde yo le espero, y sabe que mi miedo es infinito, que lo puede sentir, aunque tras la Noche de la Muerte, cuando en el forcejeo la pistola se disparó a bocajarro sobre mi cara, mi rostro no pueda reflejarlo...

miércoles, 17 de septiembre de 2008

La máscara de la muerte roja


La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.
Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.
A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Poema número 20



Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.

La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.

Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.

La noche está estrellada y ella no está conmigo. Eso es todo.
A lo lejos alguien canta. A lo lejos.

Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.

Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero,
es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos yo le escribo.

viernes, 5 de septiembre de 2008

El nido de los sueños


In love with an angel

Noche cercana, de estrellas soñadas; firmamentos crepuslares, en donde solo queda una chispa de ingenuidad perdida; un recuerdo de un momento que no llego a suceder, solo fue dado el pie, y después se dio a torcer.
Jamás pudo pasar, ya todo se perdió por un sólo beso malparado que no pudo dar marcha atrás, que no pudo regresar en el tiempo y poder escribir con letras claras el amor que siento por ti.
Jamás me pregunte si me convenías. Jamás me pregunte nada.
Un ciego sentimiento sentía, tan verdadero como irreal, con una lógica ficticia que llego a ser perdida.
Siempre me tuviste y mi corazón contigo latía, me reviviste y me sacaste de aquel abismo al que llame vida, y ahora intento no ser desterrada del cielo en el que vivo, para poder tenerte junto a mi amor mío. 

Los niños de la noche [Fragmento]
 
Odio en la mirada. Sentimientos perdidos. Llantos infantiles mutilados por miradas frías que matan Crueldad en los corazones. Palabras sin compartir.
Quiero poder salir. Escapar a un mundo lejano.
Huir.
Donde no haya nada que se quiera destruir.
Detractada sociedad. Cruel claridad. Denigro vuestra presencia.
 
Solo amor
 
Frías noches de calor.
Estoy muriendo entre tus brazos.
Dame ese último suspiro.

Quiero la vida para la muerte; deseo morir en tu mirada.
Nunca te tendré.
Nunca me tendrás.
No hay fidelidad; sólo quedan palabras nulas y silencios incómodos cortados por el amor que no sentimos.

Esa falsedad me corroe.
Sé que no te quiero, pero sé que quiero morir en tus brazos.

martes, 2 de septiembre de 2008

Salida


Esperando a un completo desconocido, en mi mundo de dolor, en mi puente de esperanza, no aparece nadie, estoy sola, no siento a nade cerca.
Espera! a mi lado se enciende una presencia. Quién será? aquel desconocido al que espero?
No… es una pequeña niña llorando perdida, me acerco cuidadosa a ella y le pregunto el porque de su llanto, me responde que porque se ha perdido, yo respondo con una nueva pregunta la cual es:”donde están tus padres?” llora mas, supuse que no lo sabía pero entre lágrimas y sollozos logre , entender: “mu-mu-er-tos”, muertos, pobre niña pequeña. La tomo entre mis brazos y la intento calmar, pero sigue llorando, empiezo a cantar, se calla para escuchar. Canto una nana que mis padres me cantaban para que me durmiera, funciona, se duerme, entre mis brazos acurrucada.
Abandone el puente para ir a mi casa, para tumbar a la niña en la cama, mirando atrás por si el desconocido aparecía, pero no fue así, ya perdido de vista el puente llego a casa, con la pequeña, agazapada, la tumbo, me quedo mirándola, es preciosa.
Pensé que tendría hambre al despertar, le caliento leche, y le pongo en un plato mantequilla, miel y pan.
Despierta, y atraída por el olor a la cocina va, le invito a pasar, a sentarse y acompañarme a desayunar, admiro su belleza, parece un ángel caído del cielo, pensé si en realidad lo será, pero era imposible, en mi mundo de dolor todo tenía explicación, con el paso del tiempo descubrí que todo no, siempre queda algo, algún por qué que descifrar, ya que ese es el objetivo de la vida, una búsqueda de algo que haga nuestras vidas significantes. Yo seguía con mis pensamientos la pequeña seguía comiendo, tenía hambre, parecía que no había comido en días, desperté de mis reflexiones, una vocecita me preguntaba como me llamaba. Era la de la niña. Le respondí:
– Alejandra y tú?
-No sé. Pero me gusta Elizabeth.
Así la llamé yo.
- Que edad tienes?
- No sé…
Yo determine que tendría unos siete u ocho años, era pequeña para ir sola, en un orfanato la envidiarían, por su largo cabello rubio y sus sutiles ojos marrones, decidí no sacar el tema y cuidar de ella durante un tiempo indefinido, hasta que ella dejase de necesitarme, no sabía cuando se recuperaría y necesitaba amor, el que yo necesitaba dar.
Me dispuse a recoger la mesa, ya que había terminado, y pensé que podríamos jugar a algo, se lo propuse y me lleve una gran sorpresa, su repuesta fue que prefería leer, no sabía que a esa edad se supiese leer. Le pregunte por el libro que ella quería ya que tenía donde poder elegir, la lleve a mi biblioteca con todo tipo de libros. Escogió uno de Edgar Allan Poe, por lo que me sorprendí aún más, me parecía un muy buen escritor pero una lectura muy compleja para una niña pequeña, pero me limite a sonreír y acercárselo. Se acerco al fuego y se sentó sobre un cojín que había en el suelo. Yo me tumbe a escribir un romance en el que estaba trabajando. Soy escritora. Ese romance es una historia de amor inventada, pero me gustaría que sucediese, necesitaba llenar mi vida con alguien. Soñaba con el amor ya que no lo conocía. Soñaba con largas noches bajo las estrellas intercambiando besos infinitos al crepúsculo, nunca hubo sucedido, ahora tenía a la niña a la que pensaba dar mi ternura, pensaba quererle como una hija, ya que me hacia sentir acompañada, a la que sentía cerca de mi alma.
Así los días pasaron, y cada día me sorprendía más. Un día decidí hacerle algo de ropa; un vestido largo blanco - el cual le hacia los ojos mas bonitos de lo que eran - una chaqueta negra – que resaltaba su pálida cara – y unas botas de charol negro. Se puso muy contenta de tener con que vestir, y me pregunto si podíamos dar un paseo, yo accedí encantada. Salimos de casa sin rumbo alguno, deje que ella me guiase a donde el destino quería que fuésemos, por estrechas sendas y caminos ocultos tras el denso follaje natural. Tras un largo rato andando llegamos a un lago helado, donde detrás había una montaña nevada. Que preciosidad de paisaje. Me soltó la mano y corrió hacia un arbusto, yo expectante la miraba, y saco de la nada un par de patines, no me sorprendió tanto el hecho de que hubieran aparecido de un arbusto, sino que la niña estaba llorando, y me di cuenta de que había pasado un mes desde que me la encontré y en ese lapso había descubierto mucho de ella, una de las cosas su gran fortaleza interior. Corrí y la abrace, sabía que estaba pasando, lo leí en sus ojos, ese era un lugar en el que su madre y ella pasaban largas tardes patinando, estando juntas, riendo, disfrutando… ofrecí irnos, pero negó activamente y me entregó uno de los pares. Ella se puso los suyos. Curiosamente eran de mi talla, aunque no era de extrañar porque el número que yo calzaba era el más común de todos. Salió disparada al hielo y hizo un par de giros sobre si misma, saltos, piruetas. Era una niña estupenda, la quería tanto como a mi hija, que en paz descanse. Murió hace dos años cuando tenía tan solo 9 años. Me hace daño hablar del tema, por lo que no lo nombro generalmente. El caso es que Elizabeth era fantástica y la quería con locura, sabía mucho y a pesar de su edad era bastante responsable, salí al hielo con paso tembloroso. No sabía patinar. Elizabeth se dio cuenta y me ayudo, enseñándome lo básico.
Cuando terminamos, horas después, yo sabía patinar con perfección hacia adelante claro está.
Nos retiramos cuando ya empezó a anochecer y teníamos frío. Llegamos a casa exhaustas, y la fatiga se apoderó de nosotras, pero teníamos hambre así que tuve que cocinar algo, muy simple para mis platos, pero dio igual. Nos tumbamos en el sofá a mirar el fuego que consumía lentamente la madera que estaba ardiendo. Nos dormimos así a los cinco minutos, la fatiga y el cansancio nos pudo. Al día siguiente cuando yo me hube despertado Elizabeth ya estaba en la cocina preparando el desayuno. Olía muy bien pero no sabía que era. Movida por la curiosidad entré en la cocina buscando la fuente de tan exquisito olor, era un tortilla recién hecha, desayunamos en silencio degustando aquel plato ,aunque simple, delicioso.
Nos duchamos y salimos fuera. Hoy hacia buen día por lo que nos fuimos de camping a un lugar cercano, donde solía ir, sola normalmente. Estaba desierto aunque no importó, escogimos un lugar retirado a la sombra, donde sacamos muchos envases de plástico con comida, el silencio reinaba en la campa, dulce y placentero. Disfrutamos de él hasta que una familia llego con sus respectivos hijos, que escandalizaron todo por la euforia de un momento, entonces nos pusimos a hablar de algún tema que nos interesase a las dos, no era muy difícil ya que coincidíamos en mucho, hablamos sobre la música de los compositores clásicos debatiendo cual era mejor, exponiendo nuestras razones. Terminamos de comer y nos tumbamos en el mantel que había colocado para disfrutar del sol que antes había sido sombra, era calido pero no hacia calor alguno, era una temperatura idónea. Llevábamos un aparato de música, puse un poco de goth- metal aunque era metal las voces, la de la mujer por lo menos, era clara y limpia, la del hombre rasgaba el alarido, pero era igualmente inteligible. No siempre me gustaba la misma música, dependía mucho de mi estado de animo, y a la niña le daba igual lo que escuchar mientras no fuese ese ritmo monótono y aburrido, todo era predecible pero siempre variaba en algo la composición, la estructura organizada se implanto hace mucho en la música y todas las canciones la seguían pero de igual manera todo no tiene porque ser igual de simétrico. Disfrutando del calido sol que acariciaba nuestras mejillas, escuchando aquella música que me hacia pensar en lo que era y porque, gótica desde hace mucho tiempo, un tiempo que me gustaría quedase en mi olvido, sintiéndome sola en el mundo, estando sola con mis sentimientos frustrados, queriendo ser más, pero nunca llegando a nada. Era una famosa escritora de poesía, conocida en varias partes de mundo, pero hacia mucho que deje de escribir por la muerte de mi hija, bueno no deje de escribir, pero mi estilo era mas siniestro, relacionado siempre con la muerte, hace poco que decidí olvidarla,  a mi difunta hija,  pero no lo conseguí, decidí escribir un romance, que era lo que escribía en estos momentos, un romance bizantino, en el que mostraba toda mi pasión por a escritura. Cuatrocientas páginas en verso, donde se contaba el encuentro casual de una mujer con un hombre que tropezaron por el capricho del destino y se enamoraban y lo interpretaban de una forma pasional, entregado y dulce. El porque era el mero hecho de que había decido no mortificarme por la muerte del ser que mas quería. Su padre me dejó a un par de meses vista de que naciera mi niña.
Desperté de repente bajo un crepúsculo extraordinario, la niña lo miraba con la mirada perdida en algún punto del horizonte, aparentemente distraída de tanta belleza. Me percate casi al instante de mirarle, no sabía en que pensaba, le pregunte que le pasaba, pero no respondió, parecía en un ensueño, viendo algo no muy grato para ella. La toque cariñosamente en el brazo, pero a pesar de mi tacto se sobresalto y no pudo evitar saltar de la silla en la que se encontraba.
- Perdón, miraba el crepúsculo, me había parecido ver una sombra y me dejó expectante por si aparecía de nuevo y me venia a buscar para llevarme al cielo donde se encuentra mi madre.
- Tranquila… - murmure casi ininteligiblemente…
Me había puesto a llorar sin percatarme, lo supe cuando roce mis manos con mi mejilla y la note húmeda. No sabía si era por la sombra que había descrito Elizabeth o el hecho de pensar en Madelaine, mi hija…
Queriendo que fuese un sueño, pero sabiendo que es realidad, creía que mi hija no había muerto, que estaba en algún lugar del mundo buscándome y que me encontraría si no me movía nunca de lo que fue nuestro hogar.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Sueño perdido.


Esperando en el umbral de la puerta a un susurro que calme el llanto que de mi pecho había aflorado, quería oír un miserable perdón, pero no lo obtuve, por lo que continué mi camino hacía el infierno, baje las escaleras paulatinamente, seguía esperando, había un descansillo en el que cambiaba la dirección de las escaleras. Hice una pequeña pausa y suspiré, bajé las restantes escaleras, silenciosa, nadie sentía mi presencia, era como un gato, nadie sabe que está ahí de no ser porque se le ve.
Mi destino era bastante claro, quise escapar de este basto mundo, nulo, vacío, ante mis ojos, me sentía sola, más de lo que siempre estuve. Me fui a un sitio donde podía escapar de mis pensamientos y dejarme caer en un sopor con la certeza de que nadie me descubriría. Solo me lleva una toalla y un libro de poesía que había escrito yo cuando era más joven.

Yo tengo diecisiete años, mis padres me habían echado de casa un año atrás y me ganaba la vida como podía, vivía con mi pareja, que, al parecer, me había dejado. Rondaba el dos mil ocho, cuando tenía quince años y empecé a escribir poesía, tenía un estilo un poco fúnebre y lóbrego, una métrica libre, y los temas eran monótonos; la muerte, amor no correspondido, aunque a veces variase, pero generalmente eran esos temas, además de demandas sociales, con una forma directa y a la vez enrevesada, el poema no se entiende asta que se haya terminado la lectura.
Tengo el graduado de educación secundaria, pero no tenía más. Me ganaba los euros a base de trabajo duro en un bar en el que me pagaban escasamente, para poder pagar la comida y la casa que compartía con mi recién perdido novio. Mi vida era difícil, no tenía rumbo alguno. Lo que de verdad quería era escribir lírica, mis compañeros de clase leían de vez en cuando alguna poesía mía y les solía gustar a pesar de mi estilo, decían que publicase un libro, pero a mi me daba vergüenza, porque mis sentimientos eran demasiado fuertes para un niña de mi edad y no quería que me tomasen por un loca.
Desde que tenía catorce años había estado enamorada de mi mejor amigo, fue como amor a primera vista, pero no era correspondido por él. Todo lo que escribí se lo dedique a él, claro está que no lo sabe, no deseaba perder su amistad por un enamoramiento, tres años después seguíamos siendo mejores amigos, y yo seguía enamorada de él.

Llegué a la  montaña a la que llamaba mía, estaba a cinco kilómetros del colegio, por el que me gustaba pasar, para poder admirar, con su gran letrero en dorado: “Colegio Vera Cruz”, era un antiguo castillo, por lo que me gustaba mirarlo, ahí solía encontrar inspiración, en la  belleza de las piedras bien colocadas formando una estructura que me parecía maravillosa. Mi otra fuente de inspiración era la catedral vieja, y el casco viejo de mi ciudad, Vitoria.

Coloqué la toalla y me tumbe sobre ella, me saque el móvil, el Mp3, y una pequeña lamparita que llevaba. Solía pasarme la noche entera ahí, leyendo a la escasa luz de esa pequeña lamparita, y cuando la fatiga me vencía me dormía en un sueño largo. Pero antes de nada, observaba el crepúsculo.
Que bonitas pueden llegar a ser las cosas, sobre todo las que van perdiendo importancia a lo largo de los años, por causas de rutina. Parece que el tiempo se detiene y todo se reduce a un segundo eterno. Me gustaba esa sensación, parece que puedes agarrar el espacio con una mano y exprimirlo de tal forma que haya pasado mucho pero para ti no ha sido nada. Aun era joven para estar sola y desamparada, pero no tuve suerte, fui bendecida con muchos dones, todos ellos nunca los habría descubierto de no ser por los que tenía a mi lado, es decir, mi mejor amigo, su suerte era próxima a la mía, los dos estábamos prácticamente solos en el mundo, nos teníamos a nosotros mismos y nada más.
De repente vi una silueta emerger de la nada, vestida de cuero negro, sobresaltada me levante de un salto, nadie sabía de esa pequeña montaña, solo yo y él, mi mejor amigo. Caí en la cuenta de que ese misterioso perfil coincidía con el de él. Se acercaba dulcemente, con su elegancia felina, casi idéntica a la mía. Me saludo con la mano a una distancia más cercana, en la que pude distinguir su tristeza en la mirada. Le devolví el saludo. Según llego a mi lado dijo:
- Hola Eli, ¿Que tal te encuentras? Mejor que yo es seguro, o por lo menos lo aparentas...
- Hola Cris – dije yo entre un suspiro – no me encuentro muy bien precisamente, pero si que aparento estar mejor que tú la verdad. ¿Podría tener el honor de saber que te pasa?
- Como no, la verdad tampoco es tan grave, ¿Te acuerdas de mi novia?
- Si como no – dije con una voz fría, demasiado para lo que me hubiera gustado mostrar. Casi le corto el aliento, pero lo dejo pasar -.
- Bueno pues hemos cortado, ella se queda con la casa y con todo, ya solo me quedas tú Eli, pero algún día ni eso.
- No seas pesimista, no te voy a dejar por nada en el mundo – dije con un tono dulce, que no pude evitar mostrar algo de amor en mi expresión -.
- Gracias. ¿Y a ti que te pasa?
No pude evitar una sonrisa irónica y respondí:
- Lo mismo que a ti.
- Otra casualidad de las muchas que tenemos en la lista, añadamos otra – dijo con una sonrisa en los labios -.
Me abrazo, y me beso en la mejilla.
Sentí una sensación de que no era como antes, que habíamos perdido algo de nuestra amistad, o el simple hecho de estar tristes nos alejaba, no sabía que, pero me sentía una extraña ante él.
Desperté de mis reflexiones por un ruido, un murmullo distante, que estaba lejos pero a la vez era cercano. Busqué la dirección de donde provenía. Me di cuenta de que era Cristian susurrándome algo ininteligible. Sonreí, sin saber muy bien el porque. Me beso largamente. Sentí sus fríos labios sobre los míos, hasta que todo en lo que había creído cambio en un soplo. Siempre creí que él no me amaba, que me quería como una amiga, pero nada más. Me di cuenta de que lo que me había estado susurrando no era otra cosa que lo sentía por mí. Me expreso sus miedos y dudas con respecto a mí, pensaba que yo no le quería, solía decirme que me quería, pero yo no le contestaba, también me mandaba indirectas, demasiado evidentes para mi y para él, lo mismo que hacía yo jugando con la psicología, nos conocíamos demasiado, éramos como la sombra del otro, pero a la vez sin dejar de ser nosotros mismos, éramos idénticos en todo, lo único que variaba era el sexo y la edad, en el resto de cosas coincidíamos, como dos gotas de agua, separadas son insignificantes, pero si se unen llegan a ser algo.
Habíamos perdido parte de la amistad, sí. Pero ganamos mucho más.
Quería tenerle cerca, quería abrazarlo, besarlo, no soltarlo jamás. Sin darme cuenta le estaba hablando. Le decía que me pasó lo mismo, que por miedo al rechazo no dije nada.
Habían pasado tres años desde que nos conocimos y en un tiempo corto nos hicimos amigos, yo estaba contenta por ser su mejor amiga, pero triste porque sabía que jamás sería más que eso. Era un amor quimérico que ya me parecía perdido.
De repente, una sacudida me despertó de mi sueño, estaba en mi cama, tumbada, con mi novio delante, no con Cristian sino con David. Me pregunte que había pasado. Él me leyó el pensamiento y negó. Salió de la sombra poco espesa en la que se encontraba y se sentó en el extremo de cama, a mi lado. Me recostó con suma delicadeza. Yo le miraba un poco impaciente pero el no dijo nada solo me puso un dedo en la boca para que no dijese nada. Me parecía mucho misterio y no me gustaba en él. Pero al final, al cabo de cinco minutos, dijo que me había desmayado, por un bajón de azúcar mientras discutíamos. Tanto secretismo para eso? – pensé yo.
Todo fue un sueño, seguía con David en nuestra casa. Bonito sueño. Yo quería mucho a David pero me resultaba imposible amarle tanto como a Cristian.
Las dudas empezaron a asomar por mi pensamiento; Había caído desmayada? Cuando? Sería verdad lo que me había dicho? o solo lo que él quería que creyese? No sabía, pero no pensaba preguntar, sería demasiado evidente. Pero por otro lado no deseaba quedarme con la incertidumbre, no saber si había sido un sueño, de los más bellos que tuve, o no.
Era demasiado sospechoso ese silencio que inundo las palabras antes de contestar a una pregunta que ni siquiera había pronunciado, y ese aire misterioso que generalmente el no solía poseer, ese halo místico que yo desconocía.
Decidí resolver mis dudas por mi misma. Deseaba alejarme de ese ser desconocido.
Me encontré vestida con el pijama, que en realidad era una camiseta nada más. Era evidente que no saldría así a la calle, por lo que fui al armario, y encontré unos pantalones ajustados y una camiseta de tirantes sobre la que me puse mi jersey, negro todo ello, excepto la camiseta blanca, y como no mis botas de tacón de aguja, abrochadas por unas cuerdas blancas que contrastaban con el color negro.
Y así salí a recorrer las calles de mi amada Vitoria. Pensando en lo que podría haber pasado hace unas horas. Solo conseguí preguntas a las que no encontraba respuesta, y que me llevaban a más preguntas, por lo que solventé pensar en otra cosa.
Vinieron a mi, recuerdos, de cuando era más pequeña e iba a Saint Jean de Lux en Francia, me encantaba esa ciudad, con la playa y las pintorescas casas al lado de la playa, y la pizzería donde solíamos comer cuando íbamos allí. Y recorde unos versos de un poeta francés, que leí con quince años, Paúl Éluard se llamaba así. Decían:
               “Courir et courir délivrance
               Et tou ttrouver, tout ramasser
               Délivrance et richesse
               Courir si vite que le fil casse
               Au bruit que fait un grand oiseau
               Un drapeau toujours dépasé “
              
               (Correr y correr liberación
               Y encontrar todo llevarse todo
               Liberación y riqueza
               Correr tan deprisa que se rompa el hielo
               Con el ruido de un gran pájaro
               Una bandera siempre pasada)


Amaba el francés así como el latín, pero nunca llegue a hablar con perfección ninguno de los dos.
Quería mucho a esa niña, y sentía que ya  no quedasen más que recuerdos suyos dentro de mí. “C’est la vie”. Perdí todo o gran parte de mi inocencia infantil muy rápido. De esa niña que fui solo quedan los guantes y la bufanda, que ya ni me valen, pero aun así conservo como un tesoro, y en realidad para mí lo son, son objetos que me llevan a evocaciones de un pasado feliz que tuve, a pesar de las constantes catástrofes que surgían.

No sabía a donde me dirigía, andaba sin rumbo, no me importaba donde pudiera llegar.
Caminé pensando en esos sueños de mi pasado, sintiendo que no tenía derecho a hurgar en recuerdos y secretos ajenos, pero a pesar de todo seguí mirando el interior de mi corazón, y sacando los recuerdos que ya pertenecen a una niña inexistente.

Cuando me quise dar cuenta había llegado lo que fue mi casa, en las afueras de la vespertina ciudad de Vitoria, era mi casa, eran mis árboles y mis sueños de grandeza, quería llegar a ser una gran profesora de matemáticas y física, pero con el paso de los años cambie de opinión.
Continué andando por lo que fue un pueblo casi desierto cuando yo viví allí, y llegué a la iglesia y junto a ella el cementerio más pequeño que había visto nunca. La iglesia estaba cerrada como de costumbre, al igual que el cementerio, nunca llegué a ver que había dentro, tampoco me interesaba mucho ver un cementerio tan pequeño.
Caminando, alcancé el parque donde solía tirarme por el tobogán o balancearme en el columpio.
Me senté en el columpio y una oleada de recuerdos me sacudió, los incansables besos y ávidas caricias que recibí en ese mismo lugar.

Recorde un día que un vagabundo se me acerco y a pesar de su grotesco aspecto me paré a escucharle, y me hablo de forma inteligente, con un vocabulario amplio y utilizando metáforas y paradojas. En ese momento no supe apreciar la verdad de sus palabras. Lo comprendí momentos después, meditando cada una de sus términos. Me dio una gran lección de vida que aproveche muy bien y me sirvió de mucho en un futuro no muy lejano.